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El asesinato del chofer y un nuevo episodio de ''La Grieta''

El domingo 15 de abril un chofer de colectivos fue asesinado a balazos por dos jóvenes. Todo indica que éstos dispararon al chofer porque no les permitió viajar, por tener saldo insuficiente en la tarjeta SUBE. Horas y horas de cobertura mediática focalizadas en buscar culpables políticos desvían a la sociedad de lo importante: la reflexión de por qué pasa lo que pasa.


Hace ya un buen tiempo que está instalado en nuestra sociedad el debate sobre el accionar policial. Y éste está atravesado de punta a punta por una línea divisoria muy nítida que es -como no podía ser de otra manera- ideológica. Podría decirse, incluso, que es una expresión más, y muy clara, de ‘’La Grieta’’ que parece dividir a la Argentina en dos.


El asesinato del colectivero Leandro Alcaraz, de la Línea 620, en La Matanza, dio paso a un nuevo y despiadado round entre los dos grupos antagónicos que se encuentran a un lado y otro de La Grieta, ese término que popularizó Jorge Lanata y que en otro momento analizaremos en detalle.


A grandes rasgos, un sector de la sociedad expresa cosas como ‘’¿dónde están los Derechos Humanos ahora? Claro! Derechos para los chorros y asesinos’’, solicitan mayor número de policías en la calle y mayor libertad de acción para ellos (que incluiría lo que desde el sector opuesto se calificaría como ‘’Gatillo Fácil’’), y exigen penas que van desde el encarcelamiento inmediato hasta el clásico ‘’que encuentren a los asesinos y que los maten’’. El campo visual del representante medio de esta postura es limitado: circunscriben la atención al acto criminal, y nada más allá de él.


El otro sector social se sumerge, con mayor o menor grado de dificultad según cada individualidad, en el intento de contextualizar este tipo de actos aberrantes. Con el cuerpo aun tibio es muy complicado darse a la tarea de expresar este tipo de ideas, por el lógico hecho de pecar de insensible e, incluso, de desubicado. Pero el intento es válido: se trata de explicar los móviles que llevan a una sociedad a ser más violenta. Se trata de ampliar el campo visual e incluir en la ecuación a un sistema político, cultural y, fundamentalmente, económico, que hace agua por todos lados y que lleva a la pauperización de grandes sectores sociales, a la degradación de las condiciones materiales de vida, a la cada vez mayor desigualdad social y, sobre todo, a la pérdida de valores éticos y cívicos fundamentales.


Hoy se enfrentan con una claridad notable dos ‘’doctrinas’’, representativas de cada una de estas dos posturas descriptas anteriormente. Por un lado, la ‘’Doctrina Chocobar’’, apoyada y aplaudida por un vasto sector social que pide ‘’mano dura’’ y dejar de lado toda misericordia ante el delincuente. Es más: es la doctrina que apoya explícitamente el Presidente de la Nación, Mauricio Macri -que visitó al policía y le dio trato de héroe- y la encargada de la seguridad a nivel nacional, la Dra. Patricia Bullrich. Estamos aquí, obviamente, del lado del campo visual acotado.


Por el otro lado, está la ‘’Doctrina Zaffaroni’’. O, al menos, los grandes medios masivos hacen un intento descomunal por instalar que la oposición binaria es ésta: Doctrina Zaffaroni vs. Doctrina Chocobar. Esto se debe fundamentalmente a una intencional manipulación mediática de la teoría del ex juez de la Corte Suprema, reduciéndola carniceramente a una línea del tipo ‘’en este país tienen más derechos los victimarios que las victimas’’.


Sea como sea, hoy vemos un país partido en dos: unos quieren que se multipliquen los Chocobar, y otros piden prestar atención a lo que se cocina a puertas cerradas en el Ministerio de Economía, desde donde parten las políticas que llevan al empobrecimiento de la población.


Unos piden un sistema policial y penitenciario fuerte y ‘’revanchista’’, donde se castigue sin piedad al delincuente, donde pase el resto de su vida, y si eso no es posible, que salga de la cárcel lo más ‘’roto’’ física y emocionalmente. Es muy frecuente leer en redes sociales cosas como ‘’espero que adentro te agarren de novia y te rompan el culo a diario’’ o ‘’córtenle los huevos y no jode mas’’ ante la noticia de un violador condenado. Y ¿quién tendría las agallas morales para juzgar a las personas que de corazón piensan así?


Los otros piden ir en búsqueda de una policía mejor preparada y más interiorizada sobre los derechos y garantías de las personas. Piden un sistema penitenciario que no sea una máquina de venganza, sino un lugar de rehabilitación social. Piden que las cárceles sean fábricas de recuperación de personas, no campos de concentración. Y, sobre todo, piden que cambien las condiciones económicas que ven como responsables finales del alarmante estado de violencia permanente que se vive en las calles. Este grupo social hace flamear la bandera de que ‘’nadie nace chorro’’. Del otro lado, suele creerse que ser chorro viene en el ADN.


Pero hay un punto en el que ambas líneas se tocan, y llegan a un acuerdo: nadie quiere que muera gente inocente. Nadie en su sano juicio, independientemente de la ideología que profese, o del partido político con el que comulgue, podría –o debería- estar en contra de que un efectivo policial ejecute a un delincuente que está a punto de cometer un homicidio. Si lo hace, y si queda claro que no quedaba otra opción, ese policía será aplaudido por todos, desde el estudiante hiper-trotskista de carrera de ciencias sociales hasta el más ultra-conservador geronte de derecha, pasando por todo el amplio espectro ideológico.


Cuando logremos quitarnos de encima el barullo infernal que generan los grandes medios, con sus gritos, su repulsivo fast-thinking, y sus reduccionismos perfecta y premeditadamente diseñados, podremos ver con mucha claridad que todos estamos de acuerdo en que la función de la policía en el mundo capitalista y democrático en el que vivimos es esa: prevenir el delito, evitando actuar desproporcionadamente y por fuera de la Ley.


No podemos tener una policía pasiva y meramente contemplativa de lo que ocurre en las calles, cada vez más parecidas a una jungla (y tampoco es eso lo que pregona la llamada ‘’Doctrina Zaffaroni’’, vale aclarar, aunque los actuales intelectuales orgánicos de moda insistan en repetirlo). Pero tampoco podemos tener una policía que mata por la espalda a manifestantes desarmados, que le vacía el cargador de su pistola a un tipo que se roba una bicicleta, y que se crea con derecho a ignorar la Constitución Nacional por el mero hecho de portar uniforme.


¿Habrá alguien en este país que no hubiera deseado que hubiera habido un policía atento en el momento previo al asesinato del chofer, y que lo hubiera detenido así sea causándole la muerte, de modo de evitar la muerte de un trabajador inocente? Es acá el punto en que todos estamos de acuerdo. Hay una grieta, sí, pero es menor en las cuestiones fundamentales de lo que los medios masivos de comunicación nos indican. Y ellos saben que es menor, por eso día a día insisten obstinada e incansablemente en ensancharla a como de lugar.


La realidad concreta es que Leandro Alcaraz, chofer de colectivos 26 años, fue asesinado a balazos por dos pibes a los que les negó el viaje por no tener carga suficiente en la tarjeta SUBE. El chofer era muy joven, tenía una familia y una vida por delante. Ésta fue truncada para siempre por un hecho de relevancia microscópica, en un acto por completo irracional que requiere de una pena (la cárcel) que sea ejecutada velozmente (por el Poder Judicial), y el tiempo que pasen en prisión (largo o corto) debe ser de rehabilitación y de reinserción, no de tortura y revanchismo. Pagar con la misma moneda, como muchos piden (‘’paredón y listo, así no gastamos plata en mantenerlos en la cárcel, no sirven para nada’’) nos convierte en la misma clase de animales. Pero que los delincuentes no paguen nos convierte en cómplices. Ni más ni menos.


Los que mataron a Alcaraz eran aún más jóvenes que él. ¿Cómo pueden chicos, recién salidos de la adolescencia, dispararle a un trabajador por negarles justamente un viaje, en cumplimiento de su tarea? No preguntarse esto, negarse a hacerlo, es lo peor que podemos hacer: es ir en el camino de perpetuar el estado de violencia generalizada y cada vez más ‘’des-codificada’’ que estamos viviendo. ¿No es claramente notable que este tipo de aberraciones en las calles pasan mucho más en determinadas sociedades y mucho menos en otras? ¿No es claramente notable que en un mismo país, en distintas coyunturas o momentos temporales, estos hechos suben y bajan en número, y que alguna razón debe haber? Quizás no tengamos las respuestas definitivas, pero son preguntas que debemos obligarnos a hacernos. Todos. Borrar la grieta por un momento y reflexionar como conjunto social unificado.


No se puede decir a ciencia cierta qué color político llevará a cabo el cambio necesario para que podamos vivir en una sociedad menos violenta, pero sí podemos afirmar que ese cambio provendrá únicamente desde el Estado, no desde el Mercado. Mucho menos desde los Medios. Afortunadamente, nosotros –vos, lector, y nosotros, emisores de este mensaje- como socios de esta sociedad tenemos injerencia absoluta en el Estado cuando ejercemos nuestro sufragio. Nosotros somos los que decidimos qué Estado queremos en las urnas. De ahí la importancia de defender con uñas y dientes la democracia, que tanto derramamiento de sangre nos llevó para recuperarla. Porque sobre el Mercado y sobre los Medios no tenemos ni tendremos jamás injerencia alguna.

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