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Qué significa ser trabajador en la Argentina de hoy (por Soledad Alonso)

En una columna por el Día del Trabajador, la diputada provincial Soledad Alonso analiza cómo las transformaciones económicas recientes impactan en la valoración social del trabajo y advierte sobre un escenario de creciente precarización. A partir de esa mirada, plantea los desafíos de recuperar el rol del trabajo como eje de integración y horizonte colectivo.

Soledad Alonso, diputada provincial bonaerense por Fuerza Patria.
Soledad Alonso, diputada provincial bonaerense por Fuerza Patria.

Qué significa ser trabajador en la Argentina de hoy

Por Soledad Alonso


En este 1° de mayo de 2026, quiero centrarme en lo que significa ser trabajador o trabajadora en nuestro país. Creo que desde hace un tiempo se instalaron ciertas jerarquías sociales que indican quién es trabajador y quién no. Como si existieran trabajadoras y trabajadores de primera, de segunda, de tercera o de cuarta categoría. Como si solo algunas profesiones fueran valoradas en su condición de trabajo, y el resto quedara en otro plano: quienes hacen changas, quienes tienen un comercio, las empleadas domésticas, los albañiles.


Es como si la clase trabajadora se dividiera según el ingreso económico. Porque cuando hablamos de una CEO de una empresa, el “estatus” sube automáticamente. Y entonces la pregunta es: ¿qué diferencia real hay entre una CEO, un arquitecto, un docente, un médico, una enfermera, un albañil, una empleada doméstica, una ama de casa o incluso un jubilado o jubilada, que han sido trabajadores toda su vida? La respuesta parece reducirse a una sola variable: el salario.


Si el criterio es el ingreso, entonces la valoración social del trabajo también se subordina a eso. Bajo esa lógica, si un albañil ganara mucho más, sería inmediatamente más “valorado”; o si una empleada doméstica tuviera un salario más alto, también cambiaría su reconocimiento social. Es decir, no se trata del trabajo en sí, sino de cuánto se paga ese trabajo.


En ese sentido, en la Argentina de Javier Milei aparece un problema más profundo: una tendencia a igualar hacia abajo. Hoy, los ingresos de una empleada doméstica, un docente, un albañil, un profesional de la salud o un trabajador de una empresa multinacional tienden a acercarse peligrosamente, no por mejora de unos, sino por deterioro general.


Entonces, lo que se desarma no es solo una escala salarial, sino la propia idea de jerarquía del trabajo. Y con ella, la posibilidad de distinguir con claridad entre trabajo formal, informal, calificado o no calificado, como si todo terminara mezclado en una misma condición: la de una clase trabajadora empobrecida.


En ese punto, se vuelve inevitable pensar que parte de lo que se intentó instalar fue una forma de división social: que algunos trabajadores eran “de segunda” o “de cuarta”, mientras otros eran exitosos o privilegiados. Pero la realidad actual parece desarmar esa narrativa y mostrar otra: la de una masificación de la precariedad.


Frente a este escenario, la apelación a la memoria histórica no es un gesto nostálgico, sino político. La Argentina supo transitar etapas donde el trabajo fue ordenador social y motor de ascenso. Los nombres de Juan Domingo Perón, Eva Perón, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner son ejemplos de cuando la política eligió ponerse del lado del trabajo, ampliando derechos y reconstruyendo expectativas.


Este 1° de mayo tiene, además, una carga simbólica particular. No es un dato menor, ni debería pasar desapercibido que, en el día en que se conmemoran las conquistas de las y los trabajadores, una de las dirigentes más asociadas a la ampliación de esos derechos, como Cristina Fernández de Kirchner, se encuentre detenida mientras se avanza con un enorme retroceso de derechos de la mano de la reforma “esclavizadora” impulsada por el gobierno de Milei. Más allá de las posiciones políticas o judiciales, este hecho obliga a preguntarse qué tipo de sociedad se está construyendo cuando quienes encarnaron procesos de mejora para las mayorías populares terminan atravesando situaciones de esta magnitud.


Recuperar la centralidad del trabajo como eje ordenador de la vida implica reconstruir un horizonte compartido. En ese sentido, el desafío no es solo económico, sino profundamente político: construir una sociedad donde la pertenencia a la clase trabajadora no signifique empobrecimiento, sino posibilidad de una vida digna y no de supervivencia.


En ese camino, con la mirada puesta en el horizonte de 2027, reconstruir la identidad y la fuerza de quienes viven de su esfuerzo no es solo una consigna. Es la condición necesaria para recuperar la esperanza, defender derechos y pensar un país donde el trabajo sea, una vez más, el punto de partida de un futuro compartido.


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