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“Siempre se hizo así…” por Lic. Carla Navazzotti

Es difícil comprender el mundo laboral. Desde afuera parece sencillo, pero no lo es. Vivimos en un país con una coyuntura político-sindical sumamente turbulenta. Eso hace que los analistas laborales, de Recursos Humanos, y afines nos volvamos loc@s intentando comprender qué pasa, y elaborar diagnósticos, pero sobre todo proponer soluciones. Pero lo que más difícil se hace es la comprensión de la propia psiquis del empleado, los trabajadores que son los que ponen en el mercado laboral su fuerza de trabajo, y que poseen derechos (como también obligaciones y garantías). Éstos, muchas veces, reaccionan de modo contrario a sus propios derechos, es decir que atentan contra sí mismos.

La psiquis del empleador, es mucho más fácil de comprender en éste sentido: quien posee los medios de producción, quiere una sola cosa del empleado, que genere excedente, que produzca, y que el producto de su trabajo esté disponible en tiempo y forma, para de esa manera cumplir con sus planes.


La relación entre el superior jerárquico (que no siempre es quien da empleo, pero si quien da órdenes, es decir no siempre el jefe es dueño) y el empleado es una relación asimétrica.


Entendemos por asimetría al hecho de que dos cosas (en este caso dos posiciones) son desiguales. Para que se entienda, la condición de desigualdad no es dada por una simple diferencia, sino por una relación en la que una parte supera a la otra… Esa es la relación que se da entre un jefe y un empleado. Esa relación en la que un jefe da directivas, ordena, delega, y el empleado acata.


Ocurre que muchas veces los empleados no están de acuerdo con las órdenes que se les imparte. Incluso a veces se encuentran con que cumplir con esas órdenes va en contra de su propio sistema de valores. Entonces, dada ésta condición asimétrica, el subordinado/empleado traga saliva, aclara el nudo en la garganta, va al baño, se enjuaga la cara, y simplemente se traga la impotencia de no poder decir lo que realmente piensa. Porque el Otro (el jefe) puede, porque ese poder de diligencia se lo otorga el puesto. Y aparece el miedo, el miedo de que lo echen, lo aperciban, lo castiguen de alguna manera por no cumplir esas órdenes.

Algo me caracteriza en mi persona, y es que carezco de ese miedo. Sigo los consejos de un buen profesor de la carrera de Recursos Humanos, “lo cortés no quita lo valiente Navazzotti, diga lo que tiene que decir mientras sea cordialmente…”; es que los recursistas humanos en general tenemos que elaborar diagnósticos sobre hechos de la realidad que a los jefes pueden llegar a no gustarles, entonces una sugiere, aconseja, elabora informes, luego queda en el que lleva la voz de mando tomar una decisión de cambio o no.


Ahora bien, he visto en mis años de empleada (desde siempre, tanto en el sector privado como público) muchas cosas, muchos jefes dando órdenes, muchos jefes levantando la voz, maltratando, “sugiriendo amablemente” (va encomillado porque un empleado entiende que la sugerencia no existe, es una orden por más disfrazada de sugerencia que esté), y lo que me llama la atención es que, viviendo en democracia, y teniendo derechos y garantías, y en un país sumamente sindicalizado, los empleados no se animen de forma cortés a responder simplemente “NO”.


El jefe es superior jerárquicamente, tiene la voz de mando, pero el empleado está en pleno derecho a responder “NO” frente a una orden que crea impertinente, fuera de lugar o que atenta contra su sistema de valores. Nos encontramos entonces con cientos, miles de empleados quejándose por lo bajo por lo que “tienen que hacer”. El tema es que esta cadena de ordenes y acatamientos no va a frenarse por sí misma: está en un@, como emplead@, poner ese freno.

Entonces, frente a una orden o sugerencia, como la de hacer una tarea con la que no estás de acuerdo, porque no está en tus creencias, en tu ideología, en tus convicciones, en tu sistema de valores, el empleado elige callar, y luego manifestar por lo bajo “que no quería ir a fiscalizar”, “que no quería ir a volantear”, “que no quería ir a timbrear/militar”. Y cuando se ven interpelad@s con la pregunta: ''¿Porqué no dijiste que no?'', la respuesta es “siempre fue así, no va a cambiar…”.

Es cierto, no cambia nada si un@ no genera ese cambio con un simple “NO” como respuesta. El jefe tiene el poder de diligencia, pero uno tiene la capacidad de elegir. Ahora bien, como dice Sartre en ''El existencialismo es un humanismo (1946)'', ante una elección, la responsabilidad está en un@ mism@: es un@ quien decide, y luego debe hacerse cargo de las decisiones que toma.

El mayor problema acá es cultural: vivimos en una sociedad que no siempre está dispuesta a generar cambios positivos y elige callar. Vivimos en la sociedad del “siempre se hizo así”, del “para qué me voy a esforzar si no llego a nada”, del “esto es una lucha…hay que seguir”, y podría seguir infinitamente enumerando frases que se escuchan no solo en el ámbito laboral, sino también en la calle. Nos rodeamos de frases que nos anclan negativamente, pero anclarse es una elección, un@ elige atarse a algo o no hacerlo.


Decir que “No”, elegir otra opción, es un desafío, es incómodo, pero también planta posiciones. Podés tener un puesto más bajo que el Otro, pero son personas por igual, son seres humanos que existen en éste mundo, un mundo lleno de opciones, solo hay que elegir.

“Siempre se hizo así…”

Lic. Carla Navazzotti

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