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Máquina Schiavetta: Escritos detrás de las fotos

27 ago 2019
5 min de lectura

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud


Yugarla

Tin tin tin

Por mi culpa, por mi culpa

Por mi grandísima culpa

Tin tin tin


Mi madre me llevaba a la iglesia católica y yo escuchaba la campanita y sabía que en ese momento debía bajar la cabeza y repetir aquellas palabras al tiempo que me golpeaba el pecho con la mano abierta.


Cabeza gacha desde entonces, cuando tenía pocos años de infancia. Y siempre me pareció injusto.


Ganarás el pan con el sudor de tu frente.


Un castigo para aquel Adán, que se atrevió a morder la manzana y disfrutar a la mujer. Pregunta sin respuesta desde aquellos días del catecismo: si Adán no hubiese mordido la manzana, ¿cómo pensaba el buen Dios reproducirnos? Y si el árbol de aquella manzana era el del Bien y el Mal, pensaba el buen Dios reproducirnos para formar una manada de ignorantes? Con razón aquello de no pienses y serás feliz. O peor: el hombre que piensa nunca podrá ser feliz. Lo advirtió el tango: no pensar ni equivocado, para qué, si igual se vive.


Parirás tus hijos con dolor.


El castigo para la mujer. Pero los médicos inventaron la cesárea y esquivaron el bulto, aunque sea un poco. Sin embargo, el Creador advirtió el movimiento e introdujo en las almas femeninas la necesidad de incorporarse al mundo del trabajo, y así recibir el castigo que asignó a los machos. Nadie se salva, bostezó el Omnipresente. Para la agachada de cabeza de los varones solamente existe la trampa que aparece hecha Ley. Ese esquive, sin embargo, no es para todos, solamente para los elegidos que nunca laburan en nada y siguen viviendo en el Paraíso. Y no hablo de pobres, que la pobreza nunca es ningún lugar lleno de placeres, hablo de los dueños de las vacas, aquellos Anchorena que le censuraron a Yupanqui en “el Arriero”: las penas y las vaquitas/se van por la misma senda/ las penas son de nosotros/ las vaquitas de Anchorena. Y lo tacharon convirtiendo el apellido con olor a bosta en “son ajenas” sin que importe quiénes.


Cabeza gacha.


Siempre los dueños de las vaquitas, de la sartén por el mango y el mango también, se encargaron de ello. En el campo, en el comercio, en la industria. Donde sea que haya un mandamás y un subordinado. ¿Cómo mantenerle la mirada a un director de orquesta, al que está en el frente, al dueño del circo, a la dueña del negocio, al señor que manda, al gerente general, al de arriba, al sargento, al cabo, al teniente o al general, a la fiscal o al juez? Cabeza gacha, que para eso está el castigo del buen Dios.


Agachar la cabeza


Rendirse. Dejar atrás los placeres con Eva. Dejar que se vayan las vaquitas con Anchorena. Siempre me estremeció el arrastrar de las sombras de tantas personas a las cinco de la mañana o antes, cabezas gachas. Pies apenas levantados llevándolos a cumplir. A cumplir el castigo del Señor por querer saber el gusto de la manzana, el sabor de la piel de Eva. Cabezas gachas porque el dueño de la plata hace lo que quiere, como cualquiera sabe. Y no necesitó el Señor escribirlo en las Tablas Sagradas, todos lo sabemos desde la cuna. Cabezas gachas arando la mala suerte de no ser Anchorena, rascando el cemento atrás de una zanahoria falsa: un feriado largo, la hora de salir, un ascenso, un premio de la quiniela, un par de ojos color gloria, un equipo que juega la final del campeonato.


Tin tin tin

Por mi culpa, por mi culpa

Por mi grandísima culpa

Tin tin tin


Quienes cada jornada, sin importar el nombre del día, sin que interese la hora, el clima, agachan la cabeza, agachamos la cabeza durante años, interpretamos la melodía que silba, sin remordimientos, un Dios impiadoso, después de echarnos del Paraíso por un mordisco.


2. Sacabocados

Ella guarda la foto en el cajón igual que una carta y cada vez que pasa junto al mueble lo mira cómo se hace con lo que se reserva para el momento en que por fin se dispondrá de la calma para releer las palabras que se saben de memoria, esa melodía para los ojos enrojecidos del alma, donde no pasa el tiempo, que sonará en su alma tan dulce como en aquellos días.


Primero, terminar el colegio industrial. Cursar las pocas materias que restan y recibirse, los últimos años pasan cada vez más rápido. Y Felipe, con esa inteligencia a flor de piel de la gente privilegiada que entiende todo sin preguntar con una sonrisa inolvidable, desarma los miedos de adentro, los peores, esos que con los años terminan enfermando, no podrá tener problemas. Además, a esa edad, cuando son tantas las vivencias del mundo a estrenar, ya se sabe, el descubrimiento del amor, para llamarlo de manera sensiblera como se dijo siempre; la vocación por la igualdad, aunque ahora no se entienda mucho esa idea de pensar en el prójimo más débil como en aquellos años.


Después, ver si seguir en la UTN, una pena no continuar estudiando con semejante cabeza, las ganas de hacer cosas, la energía es única a esa edad y uno cree que siempre será así, la inmortalidad que le dicen, aunque justo en este caso; quién le puede hablar a uno de la finitud, eso asoma cuando se cruzan los cuarenta o por ahí.

Qué apuro habría de recibirse en seis años, después de todo. Porque trabajar seguro que sí, en lo que se pueda. Lógicamente nadie pretendería que Felipe se metiera en un lugar de los que se sabe que si se porta bien se quedará hasta la jubilación. Conviene un laburito para ayudar a la casa, porque en todas las épocas cuesta mucho vivir, y quede claro que no es un aporte para cambiar el auto o salir de vacaciones. Colaborar para parar la olla, pagarse las salidas, la ropa que más cuesta, una campera; aportar con algo cuando hay que pintar la cocina y las piezas. Un trabajo tranquilo para que no sea tan sacrificado prepararse para ir a la facultad a las seis de la tarde, después de un día largo de obligaciones.


Ella nunca pudo creer y menos ahora, después de cuarenta años, que su hijo siga en esa foto del secundario parado al lado del busto de Brown con el pucho pegado con chicle en la boca arrugada de bronce. Felipe sonríe prepotente al futuro que lo espía desde la cámara, guardapolvo doblado dentro de la carpeta, el cigarrillo en la mano con esa delicadeza bien educada de lindo pibe.


Al fin, cuando falten unos pocos finales y esté pronto a caer el chivo en el lazo, podrá ser que Felipe empiece a recorrer el camino de cemento sombreado con el alambre que parte la libertad en dos, siempre son largas las distancias hasta llegar a las porterías de las fábricas por donde se va en caravana agobiada de ida y corriendo de ratos a la vuelta. Deben ser largas de purgatorio esas cuadras, para que el perro de la voluntad llegue mansito hasta la barrera electrónica de ingreso, aunque en la época en que Felipe hubiera podido ingresar, si le hubiéramos podido conseguir un puesto en la acería y si antes no lo hubieran secuestrado, el 15 de mayo de 1976, camino a la ENET donde cursaba el sexto año, había tarjeteros ruidosos como sacabocados gigantes.

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