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Máquina Schiavetta: Escritos detrás de las fotos (Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud)

Una imagen, dos relatos. Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud


Prestame

La empleada lo vio entrar como a uno más. Así deben mirar los sicarios a su arma mientras la cargan: una bala más. Se sabe que estos personajes nunca usan pistolas sino revólveres, con cargador, porque suelen ser menos rastreables. Al menos eso me contaron. Ah, si, tiene razón, la palabra sicario ha reemplazado a la expresión asesino a sueldo, tal vez más exacta.

El asunto es que el hombre muy bien vestido, calvo, anteojos negros, tenía sus años bajo el saco azul y dijo buenos días sin esperar respuesta. Nunca la tuvo. La sombra del cartel exterior manchaba a la empleada y baldeaba al mostrador. Prestamos. La palabra temblorosa sellando el momento.

-¿Qué prestan? Dijo el caballero de manos enguantadas sin sonreír.

-Damos préstamos de dinero.

-¿En qué condiciones?

La voz de la mujer era una perfecta grabación que fluyó sin estorbos: cantidades, porcentajes, sola firma, sin que importe su apellido en el Veraz, muy conveniente.

Cuando el cliente potencial dijo la cifra, la chica supo que debía hacerlo hablar con el dueño. El de zapatos acordonados, lustrosos, pareció caminar sobre pasos previamente estampados sobre el piso flotante. Quedó a solas con un tipo que se esperaba bajo cuando se levantara del asiento. Camisa crema, corbata, bien peinado hacia un costado, le sonrió.

-Usted dirá, maestro. ¿Cómo podemos ayudarlo?

Igual cifra, de las mayores.

Este tipo es un estafador ó un ahorcado del sistema bancario, pensó la silueta que decía prestar. El contador Pueytes lo echaría a patadas o le pondría condiciones que nunca cumpliría para quedarse con todo lo que el fulano tuviera o tuviese, como reiría fuerte.

Acordaron.

-En un par de días vamos a controlar la información de costumbre, domicilio, datos personales, usted comprenderá, necesitamos mínimas garantías…

-Usted ya me ha prestado su tiempo. Se lo agradezco. Si yo no pudiera devolver el dinero que solicito, comenzaría una gimnasia de reestructuraciones de la deuda hasta llegar al punto en que me quitarían hasta el saludo, ¿verdad?.

-Bueno, es un poco extremo ese panorama.

-Claro, pero perfectamente posible, ¿verdad?

-Si, si.

-Bien. Entonces le devolveré este tiempo que me prestó. Y con intereses.

-No entiendo.

-Que le voy a dar una eternidad de tiempo, o al menos eso supongo.

-Si esto es una broma…

-De ninguna manera. Esa frase suya es la que debe haber escuchado tantas veces de personas contra la pared, a las que les hizo abrir la puerta del desastre. Y la organización suya las ejecutó. Sé que ética, piedad, no son valores en estos lugares, aunque me parezca abominable su manera de proceder.

Y cuando el ejecutivo comenzaba su repertorio de actitudes a tomar frente a desquiciados, el ruido seco de un disparo lo mató.

Después solamente silencio. Nadie recordó ni vio a nadie. Solamente un cartel que dice Prestamos sin pensar las consecuencias.


Patético

Don Mario es ese que está ahora en la peatonal, raro en él a esta hora en el centro, haciendo cola para pedir un préstamo, guardando la distancia de metro y medio con la mujer de adelante; el del barbijo negro y, si se pudiera ver debajo de su boca y nariz embozadas, aunque algo se vislumbra en su mirada franca, con el ánimo calmo que lo distingue a pesar de todo. Este Don Mario que parece uno durante el día, cuando arranca bien temprano a trabajar montado en la bicicleta que hace rato se convirtió en la mitad de su cuerpo, flaco y saludable. Y otro, cuando después de las seis o siete de la tarde, sale a hacer sus mandaditos; la mayoría de las veces una excusa para hablar con las empleadas de la estación de servicio donde compra cigarrillos y alfajores, o con la dueña de la perfumería Anahí, a donde asoma muy de vez en cuando. Don Mario recién salido de la ducha, bien peinado para atrás su pelo negrísimo, zapatillas limpitas, mellizas pulcras de las que se pone para trabajar, vestido con la ropa que su prima Andrea le deja infaltablemente bien planchada sobre sobre la silla de la pieza, a la salida del baño, cada tarde. Al final, esa muda, como las zapatillas, como él, al fin y al cabo, viene a ser la misma pero distinta, de acuerdo al momento del día. Así como cambian las cosas según la luz que las envuelven, o desde dónde las miramos, ¿no?

Hace unos años Don Mario vive con su prima y los tres hijos de ella en el barrio Matadero. Desde que se tuvo que ir con lo puesto de la casa que levantó con sus manos en un terreno de una cuñada y compartía con su concubina y los cinco hijos, cuando descubrió que ella andaba con otro gracias al cuchicheo de dos vecinas que pescó una noche al volver muy tarde de sus dos trabajos. En la carnicería de su compadre Aníbal y en la arenera del Bajo, dónde iba a dar una mano cuando terminaba de alzar reses y cortar en la sierra desde la seis de la mañana. Fue esa misma noche en que ella se lo escupió en la cara, cuando Don Mario le sonsacó la verdad con una cachetada. Eso sí, desde ese día, como si él hubiera sido el culpable de lo ocurrido, no pudo volver ni siquiera a ver a los hijos, ni a retirar sus herramientas que necesitaba como el pan para las changas de los fines de semana. Mucho menos ponerse a ver cómo serían sus derechos sobre lo que había construido, trabajando como un animal, sobre un baldío ajeno que desde aquel día lo era mucho más.

Ahora Don Mario ha llegado a la ventanilla para terminar de entregar los papeles que le pidieron para obtener la plata que pidió prestada: el aval de que su prima que trabaja en blanco en la papelera, la firma del Aníbal como garante, copia del DNI, la aceptación de las cuotas hasta el diez de cada mes, los recargos por mora. Con el bolsillo abultado por el sobre con los billetes que ni siquiera contó, se va caminando agarrado a la bicicleta hasta donde pueda subirse, lejos de las miradas de los policías que cuidan el cajero y que puedan preguntarle, en una de esas, qué hace que no está guardado en su casa como corresponde para el cuidado de la salud.

Y una vez pedaleando, ir derecho una punta de cuadras hasta llegar al hospital, apearse como quien no conoce dónde se encuentra, quedarse mirando ese edificio que emerge con orgullo olvidado de casona antigua, con las manos sosteniendo el manubrio, como quien hace rato tiene tantas preguntas atragantadas y ya ha perdido la esperanza de encontrar respuestas. Llegar hasta la guardia donde siempre hay un muchacho conocido que trabaja cuidando la entrada que le mirará la bicicleta hasta que él vuelva enseguida.

Y llegar hasta la puerta de la sala donde la mujer agonizó toda la noche, como le dice una enfermera en voz baja señalando la cama que Don Mario al fin encuentra, sin ni siquiera preguntarle qué relación tiene ese hombre con la fallecida, antes de desaparecer por un pasillo a oscuras y hasta que dos policías que aparecen de la nada, le griten que nadie puede permanecer en las salas si no es médico o enfermera y que debe retirarse enseguida y lo agarren del brazo, uno de cada lado a Don Mario que está parado ahí con un sobre con plata en la mano, sin contestar, ido, patético.

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