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Máquina Schiavetta: Escritos detrás de las fotos IV (por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud)

1. En un lugar de Villa Fox

Doña Asunta, la madre del Gordo Castillo, nos recibe sentada en la cocina de su casa ubicada al fondo de la que habita el hombre, y mientras retuerce entre sus manos venosas un pañuelito bordado que cada tanto desaparece como un animal asustado entre sus dedos añosos, dice que su hijo, desde chiquito lee historietas de superhéroes. Busquen en el armario grande que está en su dormitorio y encontrarán varias pilas de revistas que él viene coleccionando desde entonces, a punto de desfondar el piso del mueble. Doña Asunta mira fijo hacia la nada y agrega que, si fueron esas lecturas lo que lo llevaron a hacer lo que hizo, no sabe qué decir, porque para ella leer es bueno. Además, insiste: nunca vio que su hijo fumara toscanos.


Mita Barrios es la prima del Gordo Castillo y vive en la casa de al lado, en realidad todas esas construcciones están edificadas en el terreno que compró hace muchos años el viejo Castillo y que, luego de su muerte, nadie tramitó la subdivisión. En síntesis, viven todos juntos. Doña Asunta, Mita Barrios y un hijo reconocido de grande por el viejo y que lo trajo de Entre Ríos, El Tuco Bernardez, que a pesar de todo prefirió continuar con el apellido del hombre que estaba con su madre al nacer, y el mismísimo Gordo Castillo, en una especie de conventillo en que los tres departamentos, por llamarlos de alguna manera, están comunicados por puertas y pasillos.


Mita Barrios es modista y cose para afuera desde hace muchos años. Fue quien le confeccionó el disfraz del Súper CADU al Gordo, para unos carnavales, en base al modelo que él le trajo, explica dejando el cigarrillo negro en el cenicero hinchado de puchos. Dice que nunca lo vio salir de noche vestido así junto con el Petiso Sarmiento, dueño del quiosco de en frente, y que parece lo acompañaba vestido con la camiseta de Racing, cada uno en su bicicleta. Tampoco sabe nada de las cosas que hicieron. Yo no tengo tiempo para andar con cuentos porque trabajo todo el día agregó antes de cerrar la puerta a este cronista.


El Gallego Gonzalez vive a pocas cuadras de allí, también en Villa Fox, aunque según él, lejos de ese laberinto de calles cortadas en las que es muy fácil perderse a pie, en bicicleta y ni qué hablar en auto, donde se domicilian los recién nombrados. Y es por eso que hace mucho no sabe nada de la vida de su amigo y ex compañero de trabajo, el Gordo Castillo, después que a ambos y a Fogonazo, los tres trabajaban en mantenimiento eléctrico, los echaron de la SIAM en uno de los ajustes de personal, aunque por suerte, al poco tiempo les salió la jubilación. Mientras arregla un ventilador de techo en la panadería Luccianti, encaramado en la escalera su cuerpo flaco adolescente, oye nuestro relato previo a la entrevista para ponerlo en tema de las aventuras de su ex compañero, sin detener la tarea un segundo: “cuentan que una noche, el dúo pinchó las cuatro gomas del auto de la Teresa Ricardi, secretaria del doctor Avanza, médico de cabecera del PAMI, porque hacía esperar a los viejos al rayo del sol para autorizarle las recetas. En otra salida nocturna, ambos siempre en bicicleta, el Gordo con el atuendo de la tira y el toscano, y el Petiso con la 10 autografiada por El Bocha Maschio, hicieron estallar dos petardos debajo de un patrullero estacionado en una esquina en el que dormían, a pata suelta, un par de confiados agentes del orden, en vez de recorrer las calles como era su deber” Luego de un largo silencio, el Gallego termina de ajustar una de las paletas, baja medio entumecido de la escalera y se queda mirando hacia la calle con una sonrisa en los labios.


Ultimo momento: testigos no identificados, informaron a esta redacción que hace unas horas han visto a ambos personajes pedaleando por la ruta vieja a Lima, con sus cajas de herramientas en los portaequipajes, rumbo a la Central Nuclear.

2. Cuestión de pieles.

La idea se le ocurrió a ella, Delia, más conocida en el barrio como Mamaza por sus hijos que son cuatro y andan vaya a saber en qué lugares, inquietos y brutos como ella misma. A su marido, cuyo sobrenombre Cuerda Desafinada y más adelante Cuerda a secas, por lo flaco y la voz aguda, le eclipsaron el de su documento, le pareció divertido y ayudó.


En la pared de su casa, la pintura del Super CADU apareció después de una gran racha de partidos ganados por Defensores y sorprendió por su prolijidad. El matrimonio, fanático de Maipú, les cayó muy mal, lo tomaron como una ofensa.


Pasaron dos semanas en que montones de fanáticos, de chusmones, se sacaron fotos con sus celulares cagándose de risa de Mamaza y Cuerda que se asomaban con cara de velorio. Así hasta que un martes, tirando humo como chimenea ladeada, Delia dijo hay que dar vuelta la joda y romperle el tuje al creativo.


Rodearon al dibujo con un marco de maderas recuperadas del garaje y pusieron una chapa de 5mm, tapándola. A partir de ese día, quienes deseaban ver y fotografiar al Super CADU tenían que ir al lugar en un horario fijo, pedir permiso y entonces inmortalizarse junto a la pared luego de pagar cien mangos para que retiraran la cobertura. Algunos llegaron a ir junto con un jugador y tuvieron que pagar el doble.

Duró mucho. Hasta que CADU llegó a la final por el ascenso de categoría. La caja repleta de billetes con la cara de Roca, de Evita, alegraron las vidas del matrimonio encabronado. El viernes previo a la gran final, llegaron a juntar diez mil pesos, pagados por cien mujeres y hombres enfervorizados.


Finalmente, llovió el olvido tras la derrota. La chapa se oxidó, las maderas se pudrieron. Otro martes, Mamaza y su esposo quitaron la cubierta porque ya nadie paraba a fotografiarse. Sin embargo, no taparon el dibujo de la pared. Tal vez un reconocimiento a semejante fuente de ingresos extras.


Eso si, cada tanto pasa gente, -tal vez el mismísimo Super CADU disfrazado de hombre común, o algunos ciclistas merodeando la esquina- gritan insultos, amenazan con represalias si llegan a cubrir la pintura. Cuando escucha, Cuerda lanza desde su boca un tremendo pedo y Mamaza desata una carcajada mientras acaricia el único tapado de piel que pudo comprarse en su vida.

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