• Código Plural

Máquina Schiavetta, escritos detrás de las fotos III

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud


Paradas

Johana ( 22 )

Johana controla la velocidad con que caen las gotas del suero por la manguerita transparente que sale de la botella colgada del pie metálico con un gancho exagerado, al lado de la cama del tío Eloy y, como le viene ocurriendo sorpresivamente, desde que tomó la decisión, siente un golpe de frío, un sacudón incontrolado y espontáneo que le viene desde adentro como si despertarla violentamente. Johana necesita hablar para juntar valor, desde chica que tiene la costumbre de darse ánimo con sus propias palabras, pero tiene que ser en voz bien baja para que las enfermeras, que no vienen cuando las necesita porque el viejo se queja mucho, la descubran monologando como en un rezo y la tomen por loca. Ya se sabe que el pobre tío Eloy, tieso en la cama con las sábanas dobladas a la altura del pecho, es como si estuviera muerto, si no fuera por el buen semblante y la sonrisa niña pintada en la boca que lo hace más joven. Johana espía la hora en el reloj pulsera del enfermo, bastante arriba del antebrazo flaquísimo, mientras manotea el bolso y la mochila que esta mañana dejó debajo de la cama ortopédica apenas llegó para reemplazar a su tía Emilia. Lo hace como quien huye. Mejor dicho, iniciando la huida. Mientras baja de a dos los escalones de la entrada del sanatorio, va dejando atrás el tufo a comida recalentada y desinfectante de ese lugar y el inconfundible arrastrar de las suelas de goma de médicos y enfermeras que deambulan por los pasillos con los delantales abiertos. La mochila en la espalda, el bolso en la derecha, el cigarrillo recién encendido colgado de la boca, la joven enfila rumbo a la parada del 204 que pasará por la Plaza España más o menos a las 14:20.


Ramona ( 78 )

Antes de cerrar con llave la puerta de hierro forjado, Ramona tuvo que apoyar en la vereda la antigua valija de cartón, que a pesar de haber estado sobre el ropero tanto tiempo parecía como nueva, y sobre ella el saquito de lana, pronosticaban que bajaría un poco la temperatura, y la cartera de mano, cuero auténtico, color negro, herencia de su madre, un poco grande para la moda actual. Mientras daba la segunda vuelta trabajosamente, hacía años que le venía pidiendo inútilmente a su marido, con más energía después que él se jubiló, que la revisara, pensó, mientras sonreía frunciendo el vértice de la boca apenas hacia abajo, tan típico de ella ese gesto de hablar poco, que esto tampoco importaría desde ese momento, a punto de salir hacia la parada del 204 en la plaza España con el tiempo suficiente ya que pasaría más o menos a las 14:20. Ahora camina sin apuro, mirando el barrio como quien recuerda algo lejano. Sabe que Juan descubrirá su ausencia recién cuando vuelva de la ducha hasta la cocina para la cena después de la larga jornada de trabajo en el taller del fondo que ni siquiera abandona a mediodía porque se arregla con mate amargo, y eso la tranquiliza. Ramona repasa mentalmente la lista de tareas que dejó preparadas para que, por lo menos al principio, no se vea alterada la rutina de aquel hombre con el que está casado hace cincuenta años, que se pone tan mal cuando tiene que cambiar sorpresivamente los hábitos por los que transita sobre rieles desde siempre. Pocas cosas, en realidad, por el momento, pero fundamentales esa primera nochecita, hasta que se vaya haciendo a la idea. Sobre la tapa del inodoro: la toalla grande, los calzoncillos y la camiseta bien planchados. Sobre la hornalla de la cocina: el plato con la comida cubierto por una servilleta, así lo único que le quedará a él es recalentarla a baño maría en la cacerolita que ella dejó, hasta eso, con agua hasta a la mitad lista para ponerla al fuego.

Gabriela ( 45 )

Hace dos minutos Gabriela explotó como deben estallar los caños a presión cuando el material deja de resistir y se deshace, se desgarra, se desprende igual que una mano deja de sujetar ante una fuerza que lo supera, lo doblega. Desde algún punto oculto nace la defección, desde alguna pequeña fisura preexistente, acumulación de tensiones cree Gabriela que así definían los manuales a esas puntas, rincones, fallas, donde el material se debilita y chau. No puedo más, hasta aquí fue suficiente pero no más, es mi límite, lo siento, perdón por el llanto, sé muy bien que lo primero que van a decir o a pensar es que son cosas de minas, si, seguro, que interrumpir una reunión de este modo no es la manera, que estas cosas se hablan, claro que se hablan estas cosas, pero para eso no hay mirar para otro lado, como vienen haciendo ustedes cada vez que este tipo me insulta deliberadamente y después se disculpa sorprendido porque para él fue nada más que una broma. No pongan caras de sorprendidos, no puedo ver la cara del cerdo que está del otro lado de la línea, pero es una lástima, pero si no estuviera por irme ahora, después que termine de guardar mí laptop en la mochila, los papeles del presupuesto y las putas copias que les pensaba repartir para seguir el Power Point, les explicaría con lujo de detalles, qué se entiende por mal trato, agresión de género, procacidad, ordinariez, valores éticos a la hora de compartir responsabilidades. Pero la verdad, no deseo quedarme un solo minuto más en este lugar nauseabundo, buenas tardes. Gabriela no sabe bien cómo llegó hasta el ascensor de la empresa, bajó los cinco pisos y ahora camina rumbo a la parada de la Plaza España para tomar el 204, es lo primero que se le ocurrió, detrás de una chica muy joven que acaba de salir de la clínica hablando sola en voz bien baja, llevando una mochila en la espalda y un bolso de mano. Tampoco sabe de dónde salió esa señora tan bien arreglada llevando una valija de cartón y una antigua cartera negra de cuero, que casi la a lleva por delante en la ochava de la esquina. Pero tampoco tiene tiempo ni energía para contestar esas preguntas tan sencillas en este momento, con las pulsaciones a mil.

A las 14: 24 la unidad 404 de la empresa Sesenta llegó a la Plaza España con algunos minutos de retraso. En la parada ascendieron: un albañil con ropa de trabajo llevando un bolso con herramientas, un vendedor ambulante con una caja de turrones, y una chica de aproximadamente trece o catorce años con un guardapolvos bajo el brazo.


Un boleto hasta ahí

Fueron seis meses o más de pasar y pasar por la esquina en un sentido, en el contrario. Siempre a la misma hora, exacto. Un dedo sobre la cicatriz para comprobar que sigue ahí. Un sueño del que nunca despertó.


Subía a su interno y lo recorría despacio, sin permitirse algún papel de caramelos, algún desastre provocado por chicos en edad escolar, algún pañal descartable que algunas madres o padres le dejaban de recuerdo. Tarea inútil, porque desde la esquina y a ras de vereda, la mujer no veía nada, no sentía perfume.


Ah, si, la mujer. El motivo de semejante ritual extendido en el tiempo. El impulso que precisó aquel Ernesto al que siempre le dijeron Felipe por su parecido al personaje amigo de Mafalda que dibujaba Quino.

Se sintió revivir apenas la vio, aparecida de un pase de cartas de tiempo, con su perro cualunque tirando de la correa, con un hombre cerca, sería su marido, pero no importaba.


Felipe tenía doce años de matrimonio con una buena mujer, la gallega Elisa, que trabajaba de remisera y con la que tuvo dos pibas que ahora estaban al terminar la primaria. Dos pibas criadas por su suegra y su madre, que las adoraban y se llevaban muy bien entre si. Un vidrio pintado que el colectivero rompió a fuerza de corazón, flor de título para un tangazo de Pugliese, le dijo alguna vez Gregorio, compañero de cervezas en el Bar Coloso, tarde a tarde.


La mujer era tan alta como el hombre que tomaba mate a su espalda, tenía ojos grandes, pelo largo hasta la cintura y solía vestir vestidos de colores que le daban forma al viento cuando apretaban las piernas, las caderas. Tendría la misma edad que Ernesto Gagliardi, chofer de camisa celeste y pantalón azul con raya impecable, peinado bien hacia atrás, miope desde los treinta y pico, anteojos de marco metálico y caminar marcando las diez y diez, defecto de tanto jugar al fútbol, de tanto correr rivales por el medio, meta quitar pelotas y entregarlas como puñaladas. Al volante de su interno fue enredándose en las miradas de aquella mujer que, pronto comprendió, aparecía en la esquina sin casualidades de por medio. Y ella fue tiñendo los ojos con los multicolores decorativos del ómnibus que cumplía con exactitud su itinerario.


El día martes definitorio, Felipe se dispuso a emprender la vuelta mágica, como todos los días incluidos sábados y domingos. Los miércoles era su día franco y sufría porque por más que pasó en su auto por la esquina marcada nunca vio a la mujer a ras de piso, como si ella supiera que no debía esperar al colectivo.


Cuando estaba a doce, quince cuadras, distinguió a su oasis de energía entre tanto desgano rutinario. A medida que se acercaba, fueron entrando en foco el perro, el marido, la casa detrás, llena de plantas.


Cuando llegó a la esquina anterior, una pincelada imprevista de movimiento, de fuertes azules, verdes, rojos. Apretó el freno por instinto. La moto subió a la vereda, el patrullero también y un fiat siena color vergüenza confluyó en el desastre.


En el instante siguiente, un hombre golpeaba la puerta plegadiza, un hombre lleno de sangre, un hombre con una mujer en brazos, la cabeza caída hacia el suelo. No escuchó lo que balbuceaba el señor, más allá de las palabras hospital, por favor, ayuda.


Sin dudarlo, fue hacia el sanatorio, los pasajeros asustados, el silencio empujando al motor. Las piernas de la mujer le rozaban el brazo cada vez que hacía un cambio. El marido balbuceaba plegarias. Llegaron y enseguida fueron enfermeros, camillas, médicos, puertas que se cerraban y un hombre destruido aguantado por los brazos de dos guardias de seguridad.


Fue la realidad quien cerró el telón y regresó las cosas a un color normal. El control entendió las razones del retraso de Felipe y hasta le dio un café para que se calmara.


Pasaron veinte días de esquina sin nadie. El chofer devoraba diarios, masticaba conversaciones para averiguar algo. Nada.


Cuando la volvió a ver era jueves y la esquina la misma. El marido la ayudaba a estar en pie, sostenida en las muletas. Ya no tenía el cabello largo. Un vendaje le cubría la cabeza. Moretones por la cara, moretones por las piernas enyesadas que apenas rozaban el suelo. Milagrosamente, ella extendió un brazo para detenerlo.


En el rectángulo vertical, la figura de su amada ilusión quedaba disminuida. Quien habló fue el señor. Dijo que le agradecían la asistencia de aquella vez, que ella se había salvado de milagro, que los médicos decían que iba a recuperarse muy lentamente. Y después subió un par de escalones, le extendió una botella de vino, le dijo muchas gracias, muchas gracias y lloró sin pudores de regreso a la vereda. La mujer no habló, apenas si volvió a levantar el brazo y lo despidió con una mano también vendada.

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