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Las arañas

Actualizado: 2 de jul de 2018

Cuento de Ramiro Del Franco


Las cosquillas en el brazo izquierdo me despertaron. Encendí el velador y entre asustado y desorientado comencé a mirar alrededor.


Al lado mío estaba ella, aunque en realidad no sé si era ella. De su boca brotaban arañas. Una tras otra, no se detenían. Pronto las sábanas blancas se inundaron de ese asqueroso bicho. El miedo me invadió, caí de la cama y esa caída parecía en cámara lenta. Tenía la sensación de que los cincuenta centímetros que me separaban del piso eran eternos. Mientras tanto, ella seguía expulsando arañas que se movían con una velocidad asombrosa por toda la habitación. Trepaban las paredes, se metían entre las sábanas, estaban por todas partes. La luz del velador amplificaba en el techo la imagen de las arañas que se posaban en él, lo cual producía un efecto aterrador.


El “tic-tac” del reloj despertador, mezclado con el molesto ruido del ventilador de pie, no hacía más que alterarme. Por más que intentaba recuperar la calma, la situación ya me había superado y no podía pensar con claridad. Intenté salir corriendo pero mis piernas parecían pesar toneladas y correr era una tortura. La escena era una pesadilla.


Estaba bañado en transpiración y cuando el ventilador giraba en mi dirección me producía un frío que recorría toda mi espalda. El segundero del reloj seguía torturándome y sonaba cada vez más fuerte y más rápido; o al menos esa era la sensación. Las arañas corrían sincronizadas por el segundero. Parecía una coreografía ensayada durante mucho tiempo. Mis manos, ya no daban abasto para sacudir las arañas que comenzaban a trepar por mi cuerpo.


Pronto la puerta de la habitación estaba cubierta por las arañas que nunca dejaron de brotar de su boca. Cansado, transpirado, confundido y muerto de miedo comprendí que no podía hacer nada. Llegué arrastrándome hasta un rincón, recogí mis piernas y las apreté fuerte contra el pecho. No podía dejar de temblar.


De repente el despertador escupió esa horrible y desafinada alarma que todos los días me despertaba, pero esta vez fue peor. Las arañas parecieron enloquecer con ese sonido y ya no quedaba un claro en el piso. Como una alfombra, estaba todo cubierto.


En ese momento me di cuenta de que las peores pesadillas son aquellas que me encuentran despierto.

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