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La montaña y el cedro (por Joel Vallomy)

La historia urbana de Campana guarda huellas que hoy pasan desapercibidas. En esta columna, Joel Vallomy rescata la memoria de una antigua “montañita” en la plaza Eduardo Costa y el centenario cedro que aún la delata. Un viaje a un paisaje que la ciudad olvidó, pero que sigue ahí.

"Y pasaran los años

y el cedro estará aún joven,

y yo viejo" Mario Bravo (1882-1944)

Nadie dice ya "la montañita". Al cedro del Himalaya, a lo sumo, algunos lo llaman "el pino de la plaza".
Nadie dice ya "la montañita". Al cedro del Himalaya, a lo sumo, algunos lo llaman "el pino de la plaza".

Difícil tarea es para los contemporáneos asumir la presencia de una montaña en la ciudad de Campana. Pero la verdad de los hechos es que para nuestros ancestros del 900 la montaña existía y era un topónimo tan habitual como "el campito" para nosotros. Quiero decir con esto que ningún campanense del presente, si es citado a tomar mates "al campito", dudaría cuál es el lugar del convite. A saber: si se tiene que explicar y no es conocido por el grueso de los habitantes de un lugar, no es topónimo.


Algunos autores locales, en los tiempos primitivos de nuestro pueblo, han expresado en sus líneas algún que otro suceso ocurrido en las cercanías de la mentada montaña o, más correctamente, "montañita": el cruce ante unos ojos pardos que dejaron un corazón palpitante, un encuentro pactado para sellar un amor, alguna pelea con resultado desgraciado... Las referencias de esos textos resultan oscuras para los lectores del presente. Es decir: se comenta el marco geográfico del hecho dando por obvia la ubicación.


Quien sí ha sido más esclarecedor fue Martín Becerra. A través de sus relatos conocemos la ubicación exacta del mentado accidente geográfico local.


Conviene en este momento dar un dato esclarecedor y quizás —al menos al efecto de dar una impronta sensacional al texto— impactante: la montañita, punto de muchos sucesos del pasado, aún existe.


¿Y qué tiene que ver el cedro?, dirá usted. Ahora viene.


En nuestra plaza principal existen algunos cedros, pero uno es puntualmente un cedro centenario. Ese cedro del Himalaya es el ubicado frente al mástil, al lado del camino interno que sigue la línea del boulevard Sarmiento hacia el bajo. Y tal como podrá recordar cualquier vecino detallista, se encuentra sobre un cantero circular; un cantero sobre el cual me animaría a decir que casi todos los que pasamos nuestra infancia en la ciudad hemos jugado, ya sea en una o en muchas oportunidades.


Comprendo que el relato aquí se vuelva menos apasionante, porque si usted es medio avispado ya imaginará hacia dónde voy. Sucede que nuestra plaza principal, en sus comienzos, lejos de tener una concienzuda parquización, era un espacio bastante más agreste. Nuestros padres fundadores la alambraron y prontamente plantaron árboles, pero en esas épocas de la génesis del casco urbano a nadie se le cruzó por la cabeza realizar tareas de nivelación.


Conclusión: el buen cedro del Himalaya fue plantado en una de las cuasi lomadas existentes en la zona central de la plaza Eduardo Costa.


Esa suerte de elevación se extendía de forma alargada mucho más allá del actual cantero. Martín Luis Becerra —nuestro médico, intendente y escritor— contaba que en la plaza había varias lomadas, pero ciertamente la más pronunciada era la del cedro: la "montañita".


El lugar permitía dominar la zona central de la plaza y era, por supuesto, muy concurrido. Dos bancos en mitad de la lomada eran una ubicación codiciada durante el día, ya que notoriamente era un emplazamiento ideal para mirar y para ser visto. Un muy joven Becerra lo describe en una nota de 1917 en el periódico ''El Imparcial'' como uno de sus lugares favoritos para ir a leer a Goethe y, justamente, por su posición estratégica para observar el paso de algunas damas que cruzaban la plaza al salir de misa y, por qué no, "flirtear" unos instantes.


Al caer la noche, en el lugar —también según Martín Luis— "rondaba el amor". Y en algunas madrugadas se presentaba "la viuda", fantasmagórica aparición que, según Salomón Sinay, era un vecino disfrazado con ganas de divertirse, el cual aterrorizó durante un tiempo a los habitantes del pueblo. Pero yo prefiero desconfiar de Salomón y aferrarme a creer en el prodigio de la aparición sobrenatural.


Aunque no todo fue amor. Tal como anticipaba más arriba y como relataba Antonio De La Peña, muchas veces "el cuchillo brillaba más por la luna que por los escasos candiles, manchado de roja sangre".


Los años fueron pasando.


En la plaza se fueron civilizando lentamente las lomadas, achatando el predio. Quizá la montañita se fue perdiendo por partes y en algún momento —sobre finales de los 40 o los primeros 50— sus restos fueron contenidos de forma definitiva por el cantero que hoy la circunda.


El topónimo se fue olvidando. Nadie dice ya "la montañita". Al cedro del Himalaya, a lo sumo, algunos lo llaman "el pino de la plaza".


Probablemente ya tenga unos 130 años. Aun así es un párvulo, porque dicen que esos árboles pueden vivir hasta 2000 años.


Becerra decía que imaginaba a sus hijos y a los hijos de sus hijos jugando bajo el cedro, en el mismo cedro y en la misma montañita donde él jugó y quizá amó. Mucho no se equivocó. Porque aunque su descendencia hoy no esté en Campana, numerosas generaciones de vecinos jugaron y jugarán en la montaña, aún viva pero camuflada por el muro de ladrillos. Y tantas otras almas pasaron y pasarán por la sombra del cedro del Himalaya, que siempre se mantendrá joven, mientras nosotros, de a poco, nos vayamos poniendo viejos.

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