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El rugby: ¿Generador o reproductor de la masculinidad hegemónica? (por Matías Martínez Reina)

Como es de publicó conocimiento, los jóvenes zarateños que se encuentran detenidos en el penal de Dolores imputados por el asesinato de Fernando Báez Sosa, están vinculados al mundo del rugby. Lamentablemente, el suceso ocurrido en la madrugada del último 18 de enero en Villa Gesell no es un episodio aislado en el que los agresores son rugbiers. A raíz de esta situación, distintos clubes en los que se practica ese deporte, de manera atinada, comenzaron a tomar medidas como la prohibición de consumo de alcohol en los terceros tiempos o la participación obligatoria de los rugbiers en charlas sobre violencia a cargo de especialistas.

Claramente el deporte de la pelota ovalada quedó en el ojo de la tormenta, al punto tal que desde una mirada lineal se lo responsabiliza como si fuera generador de violencia per se. Sin embargo, detrás de la demonización del rugby se esconde el problema de fondo: la violencia machista. La violencia es un fenómeno social que responde a una multicausalidad de factores. De este modo, sostenemos que el rugby no es un generador de violencia sino que es simplemente uno de lo reproductores de ese flagelo que se encuentra enquistado en nuestra sociedad.


Luego de las aclaraciones precedentes, consideramos oportuno realizar una aproximación al modo en el que se estructuran las relaciones de poder en el marco de deportes como el rugby y el fútbol, caracterizados desde su génesis por la preponderancia de la masculinidad hegemónica (hombres blancos, heterosexuales y de clase media).


El rugby, al igual que el fútbol, está históricamente atravesado por la violencia. Existen patrones y códigos que están estructurados culturalmente y son transmitidos a través de discursos que establecen maneras aceptables de actuar en las canchas y en distintos espacios sociales. La actitud que prevalece en el rugby es la de ser bien macho y mantenerse alejado de cualquier característica femenina. Esto se da en el marco de una sociedad patriarcal, atravesada por la ideología del machismo y naturalizándose situaciones de discriminación y violencia hacia cualquier otra persona que no sea un “macho”.


Siguiendo a la Organización Mundial de la Salud violencia es “el uso deliberado de la fuerza o el poder ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona, grupo o comunidad que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones , muerte, daños psicológicos, trastornos de desarrollo o privaciones”.


Hablar de violencia entonces, se refiere a relaciones sociales, precisamente a relaciones de poder, esto significa que existe una manera hegemónica, es decir más valorada de ser persona, que impone características rígidas a seguir que centrada en las relaciones de explotación y dominación, obliga o induce adaptarnos a ciertas cualidades para sobrevivir.


Siguiendo a Rita Segato, el patriarcado es la base de todas las violencias. En un comienzo es estudiado por los movimientos feministas y se entiende como el conjunto de relaciones sociales entre los hombres que tiene una base material, en donde se crea cooperación entre los varones y establece códigos para dominar a las mujeres y sujetos feminizados. Estos códigos o normas sociales actúan como mandato para los varones: tienen que ser crueles, violentos, dominadores, racistas, misóginos, homofóbicos, transfóbicos. En resumen, los varones para cumplir con el mandato patriarcal tienen que demostrar potencia. La misma Segato refiere que “mostrar y demostrar que se tiene la piel gruesa, encallecida, desensitizada, que se ha sido capaz de abolir dentro de sí la vulnerabilidad que llamamos compasión y, por lo tanto, que se es capaz de cometer actos crueles con muy baja sensibilidad a sus efectos.”

Llegando al epílogo de la presente reflexión, consideramos oportuno cerrar con una buena noticia, y es que si bien el machismo es una construcción cultural que hoy es la hegemónica, puede cambiar y ser de otra manera. La deconstrucción cultural del machismo exige una lucha que involucra a todos los actores, porque consideramos que los espacios sociales y deportivos tienen que ser libres y diversos, sin violencias y mandatos de masculinidad.

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