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Días como flechas

Por Armando Borgeaud

El castigo de viajar en colectivo entre Zárate y Campana



Pasan intendentes, funcionarios, reuniones, proyectos, relatos políticos varios, bonanzas sojeras, ajustes liberales, promesas, idas y vueltas. Pero algo se mantiene constante y hasta empeora en nuestro pago chico: el suplicio de viajar en colectivo entre Zárate y Campana. Paréntesis para decir que viajar en colectivo es un suplicio nacional, por lo menos hasta donde uno puede saber, porque parece que hay algunas exquisitas excepciones. Esperas inhumanas, maltrato permanente al usuario, inexistencia de controles por ausencia del Estado. Consecuencias de olvidos imperdonables, en síntesis, de quienes deberían tomar el tema como prioritario pero prefieren objetivos más redituables para sus carreras políticas a nivel local, provincial y nacional. La nota que sigue fue, escrita hace varios años y a este paso podrá ser reeditada en automático una vez cada seis meses sin tocar una coma. Oh juremos con gloria morir. Una vergüenza. Otra más.



Cinco siglos igual

Nos hemos acostumbrado tanto al maltrato, que ya no somos capaces de reaccionar. Hay que vernos esperar sin límite un colectivo y después de subir, viajar parados y llenos de tierra ni siquiera abrir la boca para quejarnos. Tal vez porque no sepamos a quién ni cómo hacerlo, es posible. Pero lo que subyace detrás de semejante resignación parece ser que ya ni siquiera conocemos nuestros derechos. Ojala que no. Lo que sigue es una pequeña muestra de lo que nos pasa. Hace muchos años viajar en colectivo entre Zárate y Campana es un infierno y a las autoridades de las dos ciudades les importa poco, poquito, casi nada. Y como pasa siempre en este país de corporaciones, no solamente mediáticas, le prestarían atención si ellos, los funcionarios, o algunos de sus familiares tuvieran que viajar en colectivo todos los días para ir y venir de trabajar.



Es lo que hay

Igual que con el permanente deterioro de la escuela pública, ante el cual los que pueden envían a sus hijos a instituciones privadas, aunque siguen defendiendo el rol del estado en esa materia en cualquier reunión social, respecto al pésimo servicio de transporte, el que puede se compra un autito y el que no, se jode. Y el problema, como todos los que no se resuelven en un plazo razonable, pasa a ser parte del paisaje y ya nadie lo ve. Excepto, como queda dicho, quienes no tienen otro remedio de viajar cada vez un poquito peor en el transporte público de pasajeros: obreros de la construcción, docentes, policías, vigiladores, empleados de fábrica, jubilados, personal de servicio, jubilados y todos aquellos que no pueden tener un auto para ellos y otro para el resto de la familia. Los pobres de siempre, los olvidados. Van como ejemplo algunos datos ilustrativos de la situación de este servicio público, para los que hace años tienen el privilegio de no tener que viajar en él.




No pasa nada

No hay nada más incierto que saber la frecuencia de circulación de los coches. Depende de tantos factores que da miedo. En horarios no pico, pueden pasar cada veinte o treinta minutos y temprano en la mañana o después de las 5 de la tarde, se puede esperar entre 40 y cincuenta minutos. Es decir que una persona puede tardar en total una hora y media, entre la tortuosa espera y el espeluznante trayecto, para recorrer aproximadamente 10 kilómetros entre los centros de las dos ciudades. Y como se puede entender fácilmente, la baja frecuencia repercute en que gran parte del pasaje viaje parado, hacinado en verdad, debido a la acumulación de pasajeros en las paradas. Llegado el verano se agrega otra perlita: como las empresas deben dar vacaciones a los choferes y no hay clases, se quitan coches de circulación y el que se jode es el cliente, que para eso está y viaja, si es posible, un poco peor aún. Desde hace algunos años hay otra línea que cubre el trayecto Lima-Campana, pero increíblemente se ha mimetizado con la original en todo lo malo.


Lavame, sucio

En la práctica queda claro que los coches no se limpian nunca, poco o mal. Basta observar la tierra pegada en las ventanillas, en los pisos, por dónde se mire. Y el olor. De paso, también hay una higiene auditiva: algunos choferes escuchan música a todo volumen. Si, aunque parezca mentira a esta altura del siglo XXI.



Mantenimiento del descuido

La mayoría de los coches que circulan desde hace algunos años son modelos nuevos pero como puede comprobarse enseguida, no reciben ningún tipo de mantenimiento. Los vidrios que se rompen son reemplazados por cartones, las agarraderas flojas quedan así hasta que se desarman, las puertas abren y cierran como pueden hasta que hay que usar la patada para poder bajar, los asientos quedan flojos para siempre. La mayoría de las ventanillas no pueden abrirse o cerrarse, de acuerdo como quedan trabadas. Y no puede explicarse con palabras la tierra que baña a todo el mundo cuando los colectivos se desvían de la ruta.



Barato, baratito

Los vendedores ambulante suben y bajan como quieren, especialmente, como es obvio, cuando las unidades más gente llevan, la mayoría parados. A los empujones de abren pasa con sus canastas, guitarras, revistas, porta documentos o lo que fuera.

De qué te quejás, querido

Intente quejarse, si le quedan ganas, en el portal de la CNRT. Pero como los que piden Justicia, mejor no pidan nada. No habrá registro, respuesta, ni siquiera una señal de vida de alguien que por lo menos sepa pedir disculpas por esta maquinaria ineficaz, insensible y despiadada de torturar a los usuarios para viajar en colectivo

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