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Días como flechas

Por Armando Borgeaud

Frío

Quería decir que el invierno es terrible únicamente para los pobres, los que, por ejemplo, viven en el barro de los asentamientos cuando arrecian las lluvias, en viviendas más que míseras, sin los servicios elementales. Según la ONG Techos en el 2013 había en Zárate 22 de estos núcleos urbanos, habitados por aproximadamente 6500 familias cada uno, si multiplicáramos por 4 miembros como mínimo, tendríamos 26000 personas de carne y hueso en esas condiciones. Quería decir que mientras tanto nosotros, bien abrigados en nuestros hogares, especialmente a la noche, el peor momento del invierno, nos quejamos del excesivo impuesto a las ganancias con que el estado recorta nuestros salarios en blanco; exprimimos nuestro cerebro, algunos, está claro, para descubrir cómo haremos el próximo viaje a Europa o al Caribe con el dólar rozando los treinta mangos; alzamos la voz indignados contra los que reciben subsidios y no trabajan; o discutimos acaloradamente sobre la manera en que la izquierda debería alcanzar el poder de una vez por todas, alrededor de un asado acompañado con malbec y antes de mirar los partidos del mundial. Quería decir qué, en esos mismos momentos, miles de conciudadanos de segunda sobreviven al frío, no se puede dejar de pensar en bebes, niños y ancianos durante la noche, hasta que la suerte lo disponga. Muertos de frío y olvido. Deseaba decir todo eso, pero me salieron un poema como quien se anima a cantar en voz alta y tres relatos en uno. Tal vez porque los pude escribir cerca de una estufa a gas natural, escuchando el concierto número 4 de Shostakóvich.

Poema Frío, lejos, duelen las cosas borroneadas de gris bajo la lluvia interminable como lo sufrido. Quien descubra la batalla en su interior sin arrepentirse por las víctimas y sorprenda al animal encerrado en el alma, atravesará los inviernos con soberbia de rey en andrajos, sin mendigar al destino las puertas por las que no recuerda haber ingresado por ellas hasta aquí, amiga Olga. Cuando la pudorosa soledad se quite el rímel en nuestro espejo, soñaremos al miedo crucificado en el barro de la culpa. Lejos, frío, oiremos la imperceptible música callejera de la primavera al despertar.


Jonatán El aire no le alcanza, corre y levanta la cabeza hacia el cielo que le parece para siempre gris porque no para de llover, pidiendo más para emborracharse de bocanadas heladas que la agitación exige y al fin terminan irritando la garganta y hay que cerrar la boca y frenar la carrera y sentirse más solo en ese momento de ahogo, y bajar la cabeza, el revolver como de juguete aún caliente, colgando de la mano firme al final del brazo fláccido. Y este frío que ahoga en soledad los sonidos de la ruta como detrás de un vidrio, en verano los pibes se juntan en las callecitas, los televisores relampaguean colores por los agujeros de las chapas, el tiempo es largo y bueno, los perros saltan rogando para entrar a esa alegría de fogón. Ahora Jonatán tiene que llegar a la orilla de la ruta antes que la DPU arranque para el barrio, una vez que llegue la ambulancia que seguro está en camino. Borrosas luces azules dan vueltas, imagina las cuatro puertas abiertas de la camioneta cruzada delante de la moto caída, la rueda delantera levantada, seguro sigue dando vueltas como si aún quisiera llegar adonde iba, sin darse cuenta del hombre tirado más adelante boca abajo, el balazo entró por algún lado de la cabeza oculta por el cuello levantando de la campera, la bufanda enroscada. Todo lo que Jonatán comprobará dentro de diez minutos desde el refugio sobre la mano contraria de la ruta, lo suficientemente lejos del tumulto de gritos y autos, la mancha de sangre que los pies pisan y extienden como manos que pintan. Desde la ventanilla del colectivo, el revolver en el bolsillo del buzo manchado de barro, la mano que no la suelta, los ojos de Jonatán barren a la gente parada alrededor del caído como en un fogón, siempre terminan tapando al muerto con papel de diario. La velocidad lo rescata por la espalda como a un cuerpo a punto de ahogarse. Jonatán respira normal, vamos pendejo no te asustes que a vos nadie te vio, repite, fuma, escupe, lo miran en la penumbra del coche semivacío, putea, llora de miedo, a punto de gritar de frío.



Cara de galleta El barro es igual al agua de río al que desde el muelle de las casillas ella miraba con impotencia triste de cruzar al otro lado, el hermoso ruido ahogado de la lancha y al fin alcanzar las luces de Zárate allá lejos, horizontales y rojizas que parpadeaban y aquella noche, ahora no se acuerda bien por qué del frío, habría fuegos artificiales en la Plaza Italia. Se ríe cara de galleta, el pelo rojo, dos dientes menos de abajo que ya no extraña y no le da tanta rabia como cuando se los sacó con una pincita la vieja de atrás, porque no aguantaba el dolor, total, ellos lo que menos le miran es la sonrisa agujereada. Ríe despacio hasta que la sonrisa le abre la boca bien grande igual a cuando sale el sol detrás de una nube y antes de empezar a cerrarla ya no se acuerda por qué le vino esa imagen del día de los fuegos artificiales de la Plaza Italia. Por eso apenas pudieron se vinieron acá, al costado de la ruta, bastante adentro eso sí, donde apenas se oyen las motos de los que van a laburar de madrugada que pasan como gritos rabiosos para que nos los afanen, los bajen de un piedrazo o los alcance un tiro de ese loquito que después sale entre las latas a los gritos, disparando al aire quién sabe si por miedo o para festejar la puntería, pedazo de animal, dice Cara de galleta a las luces revueltas allá lejos, las frenadas en el agua que no deja de caer, las sirenas que crecen poco a poco. Se vinieron cuando consiguieron, por otro recién llegado que conoce a mucha gente, dos lugares que habían quedado, más bajos, seguro, más lejos de los cables también y a dos cuadras de la bomba de agua, eso sí. Lo demás es igual, las camas levantadas con tablones para cuando llueve como hoy, desde hace cuatro días sin parar, el excusado de cuatro puertas robadas que parecen cuatro naipes, el humo del querosén como en la isla, las peleas sin motivo. Lo bueno de ahora es que el barro es hielo blando, negro, pero se puede cruzar por más que te queden las marcas hasta arriba y no salga muy fácil fregando con el trapo que lleva en la mochila. Lo bueno para ella es que esta será la última vez. En el centro la espera el tipo grande que le prometió una pieza con agua caliente y luz, cerca de la estación, por cuidar a la madre paralítica, limpiar, hacer la comida. Ríen la cara galleta y el pelo colorado mientras los pies flaquitos de tero se hunden en la grasa del mundo. Ríe otra vez de a pedazos cuando alcanza la costa de la ruta, el suelo firme, el viento helado que no le deja abrir grande los ojos. Parece que ríe todavía pero no, mientras mira, metros más allá, la mano cortada con cintas rojas y blancas que flamean, sombras larguísimas de la gente que rodea al cuerpo. Saca el celular rosa furioso y cinco segundos después empieza a hablar sin parar, en voz baja de nena que confiesa. Después, la parada, las manos en el tapadito empapado, el frío que enmudece la espera en lo oscuro.



Birra libre

El Fideo entró blanco como una hoja de papel y fue a golpearse la frente contra el marco de la puerta porque con la noticia que traía de afuera a ese departamento recién inaugurado por la Negra, que al fin lograba la independencia de los viejos y encontró ese lugar, chico, pero bien para empezar como le decían todos sus amigos y también los viejos, el padre, especialmente que la ayudó con el anticipo, la inmobiliaria y hasta vino a pintarlo tres domingos de franco en la fábrica. La madre más o menos fue haciéndose a la idea y al fin también cosió cortinas, compró sábanas, hasta hizo empanadas para esa noche de farra inaugural donde, como es obvio, no estaban invitados ninguno de los dos. “ Bunker abierto “ declaró la Negra a ese encuentro a pura birra de todos los colores y estuvo varios días trayendo cajoncitos de cerveza con esa voluntad que niega el cansancio cuando vale la pena lo que palpita. El Fideo vio a la Negra hermosa con ese vestido a lunares, los hombros descubiertos, la rosa tatuada enseguida de la nuca, apenas húmeda por el rocío de su joven piel. La vio como en un sueño desde la puerta, mientras se frotaba la frente que ya lucía el circulito rojo del impacto, preanunciando la futura hinchazón; a punto de marearse o de llorar, envuelto en la música machacona que disfrutaba golpeándolo a él, a Fideo Lanzardi, en las sienes, los oídos, el pecho flaco. Todos lo demás eran colores desenfocados moviéndose apretados en ese ambiente en el que no cabía más nada que su angustia aterrada. Por un segundo deseó con alivio ver hundirse ese aquelarre desde el quinto piso hacia la nada. Verse caer, particularmente él, culpable de la noticia que traía desde la calle, tal vez el único que debería morir. Para no tener que recordar nunca más aquel maldito momento, todavía tibio en su memoria, en que un conocido de no sabe dónde le toca el hombro en la calle, a dos cuadras del bunker, le pregunta si él conoce a la Negra, porque acaban de matar a su padre que venía de la fábrica en moto, qué te pasa Fideo, yo te cuento nomás, carajo, qué haces, te digo que al pibe lo agarraron hace un rato bajando del colectivo, esos negros de mierda, vos sabes, Fideo, con este frío.

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