top of page

Augusto Castro Sala: “Recordar no es un acto pasivo: es un compromiso con el presente y con el futuro”

Castro Sala, durante la inauguración del busto del expresidente Raúl Alfonsín en la Plaza Eduardo Costa.
Castro Sala, durante la inauguración del busto del expresidente Raúl Alfonsín en la Plaza Eduardo Costa.

Hace 50 años que el 24 de marzo dejó de ser una fecha más para los argentinos. Se convirtió en una herida abierta, en una marca imborrable que atraviesa generaciones y que nos obliga, una y otra vez, a mirar nuestra historia de frente.


La última dictadura militar no fue solamente la interrupción del orden constitucional. Fue el momento más oscuro de nuestra vida como Nación: el terrorismo de Estado, la desaparición de personas, el miedo como forma de disciplinamiento social, la anulación de la dignidad humana. Fue el quiebre más profundo de los valores que sostienen a la República.


Desde mi humilde lugar, elijo que esta fecha sea un momento de reflexión, pero también de memoria activa. Porque recordar no es un acto pasivo: es un compromiso con el presente y con el futuro.


Como dijo el fiscal Julio César Strassera, ese “Nunca Más” no puede quedar congelado en una consigna. Tiene que ser una guía ética permanente. Y su significado es más amplio de lo que a veces se pretende: no es solamente un rechazo a las dictaduras, es la afirmación de que la violencia jamás puede ser un camino válido en política.


La violencia no construye democracia. La destruye.


Y cuando la violencia se convierte en política de Estado, lo que se pierde no es solo el orden institucional: se pierde el alma misma de la Nación. Por eso, como argentinos, no podemos permitirnos relativizarla, justificarla ni banalizarla bajo ninguna circunstancia.

También debemos tener la madurez histórica de entender que los procesos de violencia no nacen de un día para el otro. Cuando una sociedad naturaliza el enfrentamiento, el odio o la deshumanización del otro, empieza a recorrer un camino peligroso que siempre termina debilitando la democracia.


Y es en este punto donde el presente nos interpela con fuerza.


Vivimos tiempos de tensiones profundas, de discursos cada vez más duros, de una política que muchas veces parece olvidar que del otro lado hay un argentino, no un enemigo. Se instala la lógica del todo o nada, del agravio fácil, de la descalificación permanente. Y eso, aunque parezca lejano, erosiona lentamente la convivencia democrática.


Porque la violencia no empieza solamente con los hechos: empieza con las palabras, con los gestos, con la intolerancia.


Ahí es donde aparece, hoy, la necesidad urgente de un nuevo “Nunca Más”.


Un “Nunca Más” que nos convoque a todos, sin distinciones partidarias, a sostener un piso común: que la violencia no es ni será nunca una herramienta legítima de acción política, ni desde el Estado ni fuera de él.


Porque cada vez que nos alejamos de ese principio, nos alejamos de la democracia.


La tradición de la Unión Cívica Radical, con su defensa histórica de las instituciones, de las libertades públicas y del Estado de Derecho, nos recuerda que no hay atajos posibles: la República se construye con diálogo, con respeto y con ley. Como lo demostró el camino iniciado en 1983 con Raúl Alfonsín, la democracia no es solamente un sistema de gobierno: es un compromiso ético con la vida, con la verdad y con la justicia.


Si banalizamos lo ocurrido, si convertimos el pasado en una disputa superficial, si usamos la memoria como herramienta de división en lugar de encuentro, corremos el riesgo de vaciar de sentido aquello que más nos costó recuperar.


Y ya sabemos lo que pasa cuando un pueblo olvida: queda condenado a repetir sus errores.


Por eso, hoy más que nunca, memoria, verdad y justicia no son solo consignas del pasado. Son una responsabilidad urgente del presente.


Para que, de verdad, sea Nunca Más.

Comentarios


bottom of page